Vicente Alti llegó a Viña del Mar en 1941. Partió desde Bilbao (España) para alejarse de las secuelas de la guerra. Después de 70 años en Chile, admite que este país se lo ha dado todo.
es la rutina
Pan
al Mar
Vicente Alti llegará al Anayak al mediodía y pedirá un cortado. El camarero pondrá edulcorante. Es la rutina. Este bilbaíno de 81 años acude todos los días a esta cafetería del centro de Viña del Mar. Alto y afable, revive el día que se subió al barco que le trajo a América y vio una panera: “No conocíamos el pan”. Y eso, le marcó. Como la imagen de su madre arrojando aquel pan a los que se quedaban. Lo repitieron en todos los puertos españoles en los que atracó la embarcación. Él y su familia eran afortunados, les esperaba un futuro mejor.
“La posguerra fue tremenda, fue un período muy triste”, relata Alti. En los puertos la gente rescataba el pan que caía al mar, lo escurría y se lo comía. Él llegó a Viña del Mar en 1941. Zarpó con su madre y su hermana pequeña escapando de las secuelas de la guerra civil española. Su padre, Valentín Alti, había ahorrado el dinero suficiente para enviarles los pasajes desde Chile.
No era la primera vez que Vicente Alti se embarcaba. El 21 de mayo de 1937 también estaba en la cubierta de un barco, el La Habana. Aún no había cumplido siete años ni se había convertido en don Vicente, un empresario forjado en la premisa de “luchar, trabajar y trabajar”. Partía hacia Inglaterra desde Bilbao, acompañado de su otra hermana, Ana María, dos años menor que él. Los dos se convertían en “niños de la guerra”, como otros miles de menores españoles exiliados durante el conflicto. Su padre se despedía de él ataviado con el uniforme del ejército republicano.
En Inglaterra vivió el racionamiento, pero nunca pasó hambre. Desde allí mantuvo correspondencia con su padre, que combatió toda la guerra. Vicente retornó a Bilbao al término de la contienda, en 1939. Su hermana permaneció en Inglaterra hasta el fin de la II Guerra Mundial. Volvieron a encontrarse en la aduana de Los Andes en 1945.
Ese niño, que recordaba las pascuas sin regalos, dejó huella en Alti. Quiso que a sus hijos nunca les faltase nada, aunque se reprocha haber olvidado algo: recordarles que “todo eso cuesta obtenerlo”. Para ellos escribió ‘Me dejaste sola Vicente…’. Esas fueron las primeras palabras de Ana María en aquella aduana tras tantos años alejados.
La intención de Vicente Alti era compartir su experiencia en Inglaterra y el regreso a Bilbao: “Quería que supiesen que la vida es dura, que hay que prepararse”. Pensó en el libro como un regalo para los más cercanos, pero alcanzó las dos ediciones. La mayoría de quienes lo han leído siempre le comenta lo mismo: quieren saber más. Cuarenta y cinco páginas no son suficientes. Si se le pregunta por una segunda parte, se ríe.
Esa compilación de recuerdos fue una manera de conversar sobre esos años bélicos con sus hijos y con sus amigos. Los padres de Vicente fueron más reservados. “Fue un tema que nunca tocamos. Todo aquello era una herida que se cerró con el final feliz del reencuentro”, explica Alti. Ahora se imagina el sufrimiento que entrañó para sus padres la separación.
Cuando volvió a Bilbao se encontró con su ciudad cambiada. Era obligatorio cantar el himno fascista en el colegio y después del cine. “Sentí un poco de rabia”, confiesa. El reencuentro aún era lejano, en aquellos días la herida estaba abierta. Y escocía.
Su padre, exiliado y recluido en Francia, escapó en el Winnipeg: el barco que Pablo Neruda fletó desde el puerto de Pauillac el 4 de agosto de 1939 y que atracó un mes más tarde en Valparaíso. En él, más de 2.000 españoles huían del franquismo y los campos de concentración franceses.
Valentín Alti combatió en el bando republicano, pero Vicente bromea con que debió de ser uno de los pocos pasajeros de aquel barco que no era comunista: “Mi padre me decía que nunca me fiase de un comunista, porque él había luchado junto a ellos en las trincheras”.
Fútbol y música
Mientras toma un cortado, responde el celular y coordina una visita. Quiere que todo esté pronto: “Me gusta trabajar, me entretiene”. No obstante no todo es trabajo. Para despejarse juega al bridge cuatro días por semana -le agiliza la cabeza- y practica yoga. También disfruta de sus nietos: “Mantengo una relación muy bonita con ellos”, y solo les aconseja una cosa: “Si queréis ser algo, tenéis que estudiar”.
Él estudió hasta sexto, después empezó a trabajar y jugar al fútbol. Era arquero y en 1949 firmó por Everton. El año siguiente, ‘Los ruleteros’ ganaron su primer título nacional.
El balompié le ata a sus orígenes, el Athletic de Bilbao es una de sus pasiones. Es parte de su amor por el País Vasco, del que se siente muy orgulloso: “Participo de todas las tradiciones. No sé hablar euskera, pero las canciones vascas me las sé”. En el coche lleva música tradicional y disfruta escuchando al Orfeón Donostiarra. Y canta, aunque admite que antes se cantaba más. Le viene de familia, su padre formó parte del Coro Vasco que se fundó en el Winnipeg durante el viaje.
También integró un grupo de eusko dantza, los bailes típicos del País Vasco. No contaban con el txistu ni el tamboril, los instrumentos tradicionales. Los encargaron. En aquellos años el transporte era por barco, todo iba más despacio. Cuando llegaron, el grupo de baile ya se había disuelto.
Tira del cuello de la camisa y saca una cadena. Cuelga un lauburu, el símbolo de cuatro aspas de la cultura vasca. Lo muestra satisfecho. A pesar del apego, nunca se ha planteado regresar a su ciudad natal: “El paisaje me fascina, me llena el alma, pero sólo quiero volver de paseo. Me quedo aquí. Chile me lo dio todo”.
Con un leve dejo español que los años en Chile no han podido borrar, celebra que su padre se estableciese en Viña del Mar. El plan original era asentarse en Argentina, donde vivía uno de sus tíos. Al patriarca de los Alti le fascinó aquel lugar de la costa pacífica y cambió de idea. “Fue una decisión afortunada”, sentencia Vicente.
Entonces, en 1941, no sabía nada de aquel país que ha sido durante 70 años su hogar. En estas siete décadas, Vicente Alti ha construido su sitio en Chile y perdido el miedo al miedo. Ahora sabe cómo le gustaría ser recordado: “Fue un buen hombre, un buen amigo y una buena persona”.
6 Responses to “Pan al mar”


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